viernes, noviembre 06, 2009

Y TODO A MEDIA LUZ

Fundido a gris. Colectivo Movimente

Estaban los dos amantes en pleno clímax. Ella, con las piernas empujaba la espalda de él, quería que apretara con más fuerza; ese era el preciso momento. Él exhalo un leve gemido y eyaculó.

Todo ocurría en aquella habitación de diseño Ikea, de aquel muy hipotecado piso de renta libre de las afueras de la gran ciudad. El televisor de LCD de cuarenta pulgadas, oferta del Carrefour, sonorizaba el apartamento con uno de esos programas donde la gente cuenta sus experiencias e intenta redimir sus pecados. Concretamente esa tarde Santiago había acudido al plató de televisión para pedirle a su mujer que vuelva cuanto antes, pues la quiere y la echa mucho de menos.

Los dos amantes semidesnudos prepararon un café en su cocina office y él se encendió un pitillo. El sol, que entraba por la ventana de la galería, dejaba caer sus últimos rayos.

Había un souvenir del viaje de novios sobre la mesa, junto a un montón de cartas sin abrir del banco y un libro de cocina. El café se convirtió en carajillo, y surgió no sé cómo el tema del amor.

La luz abandonaba ya la cocina y ninguno de los dos hizo el más mínimo ademán de levantarse para encender la luz.

Mientras, en el exterior, el tráfico de luces blancas y rojas que discurría por la multitud de autovías de circunvalación, rodeaba aquellos apartamentos que permanecían a oscuras.


miércoles, octubre 28, 2009

POR UN INSTANTE Y MEDIO

Kafka Bollywood. Agencia de publicidad Air, Brussels, Belgium

La lluvia del amor empapará cuerpos y corazones, las nubes harán llover néctar, y la luz le sonreirá a la oscuridad”. Con esta frase terminaba aquella película que por doce rupias había hecho felices, por un instante de dos horas y media de largometraje, a un centenar y medio de habitantes de una mediana ciudad del estado de Tamil Nadu. Entre todos aquellos soñadores ciudadanos se encuentra Jaya, una quinceañera muy linda que vive en un suburbio de la ciudad. Casi siempre sus marrones ojos miran a la tierra porque su futuro es incierto, aunque esté “escrito en las estrellas”, según no cesa de repetir su padre a todos los vecinos y familiares cercanos. Lo que ella sí sabe, a ciencia cierta, es que en breve la emparejarán con un hombre de una casta superior y veinte años y medio mayor que ella; sin embargo según la ley, el matrimonio no será oficial, quizás no será tal.
Mientras regresa a su humilde hogar, camina absorta en sus sueños de adolescente, mientras sortea con más o menos éxito la inmundicia de las calles. Se siente desdichada y piensa en la suerte que tienen las estrellas de cine; cómo su admirada Aishwarya Rai. – ojalá la vida me diera una oportunidad –, se repite sin cesar. Su joven rostro no puede ocultar la desesperación de una mujer que tiene su futuro escrito por la gracia de los dioses y de su casi brahmán padre.

Unos metros más y las calles comienzan a ser más transitables, hasta la basura se cuenta con los dedos de una sola mano. Justo en frente del McDonalds (centro neurálgico de turistas y proxenetas), un escocés sonrosado de barba canosa y con tatuajes varios, la sujeta fuertemente del brazo y a golpes la acorrala en el callejón donde depositan la basura del McDonalds. Jaya, desconcertada y aterrorizada, no sé lo podía creer. Un puñetazo y la sangre brotó a borbotones de su nariz. – No te resistas que mis dólares me has costado –; el escocés parecía que había llegado a un acuerdo con alguien y tenía muy claro que tenía derecho a violarla. – Puta india, dime que eres virgen –, Jaya no dejaba de sangrar ni de llorar, pero el miedo le impedía gritar pidiendo auxilio. Él se bajó la bragueta del pantalón, descubriendo un inmenso pene. La ató las manos, le rompió las bragas y ella sometida se abandonó a su suerte. Seguramente porqué estaba escrito en las estrellas.

Un chico de la edad de Jaya, que iba todos los días a comer las sobras del restaurante (en occidente es basura), se encontró de bruces con la dantesca escena. Y cómo en las mejores películas de Bollywood, rescató a la protagonista propinándole al escocés un certero golpe en la cabeza con una botella de CocaCola vacía. De este traumático modo Jaya conoció a Satyajit y perdió su virginidad por obra y desgracia de aquel escocés repugnante.

Aquella tarde los dos jóvenes se refugiaron en la playa. Desde entonces todas las tardes, cuando el sol de los dioses cae sobre el horizonte, cuando los muertos renacen en el Ganges acuosamente envueltos de buenas nuevas, volvían a encontrarse en aquella cercana y, a la vez, lejana playa. Y, claro está, como siempre soñó, su vida comenzó a parecerse a la de sus idolatradas estrellas de Bollywood.

Satyajit daba gracias a la diosa Laksmi por poder contemplar aquella belleza, aunque sabía en el fondo de su corazón que amaba lo imposible. Pero se conformaba con estar cerca de ella por un instante, soñando lo imposible, llorando sonrisas de felicidad.


Cuando el monzón anuncia su llegada inminente, y el olor de las flores se mezcla con el olor de la mierda, las primeras lluvias recuerdan a Jaya que el tiempo y la vida están a punto de fenecer. Ella sabe a ciencia cierta y, porque está escrito en las estrellas, que el acuerdo del padre es incuestionable. Por eso, la tarde anterior a la ceremonia, los dos adolescentes enamorados quedaron por última vez. Pero Satyajit no se resignaba a perderla. Y en aquel rincón del Edén, se desnudó el torso y le propuso hacer el amor. Quería demostrarle su sinceridad, su pasión y su deseo; – hagamos el amor, Jaya. Qué mas dará, ya no eres virgen y en cuanto se entere tu marido no te aceptará y seremos libres –. Entre sollozos y, con la cabeza recostada en su hombro, Jaya le respondió, – sabes que cuando eso ocurra mi familia me matará, aunque les cuente como ocurrió. Incluso es peor, me odiaran y repudiarán más por haber sido violada –.

Ella tenía miedo, no quería cometer un error. Él era un joven muy impetuoso, pero no por ello respetuoso. También era consciente de que la religión y la familia pesan mucho, en la India, y en casi todo el mundo conocido.

Él la retó, quería huir definitivamente. Urdió el plan perfecto y quedó en verse al día siguiente en la estación de tren de Bombay, donde escaparían para no volver nunca jamás. La esperaría como el recién nacido espera el llanto. Ella guardó silencio.

Al amanecer la muchacha se escapó saltando de aquella ventana familiar sin cristales ni puertas, no existían las barreras, se sentía viva. Y corrió, corrió, hacía la estación mientras una lágrima de esperanza se escapaba entre las vías de sus pestañas negras. Y tomó el tren para encontrarse con su amado, para decirle adiós al destino, y un, ¡hasta luego! a su padre. Pero se quedó dormida y la estación quedo atrás y también los sueños.


Siete años más tarde ella consiguió escapar de su existencia de hija modelo. Emigró lejos, pero demasiado cerca.

Un diez de noviembre, mientras trabajaba de camarera en un McDonalds de Escocia, vio a un joven que le era conocido. Su figura se repetía dos veces por la aberración del cristal del escaparate. Sus entrañas se contrajeron hasta dejarla sin respiración. Era aquel muchacho que nunca pudo olvidar.

– Hola Satyajit.

– Jaya, ¿qué haces en Escocia?

– Creo que lo mismo que tú: huir.

Quedaron a la salida del trabajo y en el apartamento de ella cenaron un Mcmenú robado. Y, sin muchos verbos ni nombres de por medio, ella comenzó a desnudarlo. Besó su cuello, sus pezones y amasó su sexo como el panadero la harina. Él se dejó hacer, hasta que ella le pidió que la tratara como a una puta. La inclinó y le bajó las bragas hasta las rodillas. Le introdujo por detrás varios dedos en su vagina y comenzó a acariciar el interior de su sexo. Ella comenzó a gemir de placer, mientras le rogaba que le insultara, que le llamara puta, puta, puta india. La golpeó en las nalgas hasta sonrojarlas. Y cuando él no pudo más, se saco su pene y la folló con toda la fuerza y el amor de un hombre enamorado, de un animal encarcelado que ansia la libertad.

Al finalizar hablaron con sosiego y con la sensación de no haber pasado el tiempo. – ¿Y cómo pudiste engañar a tu marido si no eras virgen?

– ¡Uf! Cuando me penetró fingí que me hacía mucho daño, qué también es verdad que me lo hizo. Había guardado una cuchilla de afeitar debajo de la almohada y disimuladamente me corté en el dedo y manché las sábanas. De esta forma conseguí engañarlo a él y también a mi familia. No veas como me reí cuando al día siguiente todos celebrarón su aprobación y dieron gracias a Shivá.

– Yo, Jaya, cuando el tren partió y en andén no estabas, quise morir allí mismo. Sin embargo decidí huir. Hasta hoy. Por cierto... ¿por qué has pretendido que te violara, que te tratara como a una puta?

– Por qué ahora ya soy libre... por un instante y medio.

El sol del crepúsculo se filtró por la ventana del apartamento vistiendo a los dos enamorados de oro. Y en un segundo y medio a Jaya se le escapó una lágrima entre las vías de sus negras pestañas y mojó aquel Mcpollo que pronto fue embadurnado de ketchup.


martes, octubre 20, 2009

¡TANTOS MUROS POR DERRIBAR!

Grafiti del muro de Berlín

Basado en un famoso cuento del budismo.

Cuenta la leyenda que, justo después la caída del muro de Berlín, Eva, una mujer de deslumbrante belleza, decidió pasearse por sus ruinas. En el camino se cruzó con un estudiante, que se quedó impresionado con la belleza que emanaba la mujer.


– Perdona, ¿quién eres tú? preguntó el estudiante Pues tengo la sensación de estar delante de un ángel, o de un Dios.


– No soy ni lo uno ni lo otro respondió la mujer.


– ¿Acaso eres entonces una poderosa hechicera, una estrella de cine, la libertad?


– No, tampoco.


– En ese caso, ¿qué es lo que te hace tan diferente de los demás hasta el punto de que un simple estudiante como yo pueda sentirlo?


– Soy apenas alguien que despertó a la vida. Nada más. Pero le digo esto a todo el mundo, y nadie se lo cree.





jueves, octubre 08, 2009

LA MUERTE DE LOS DRUIDAS

Este relato lo escribí en el octubre de 2006. Desde entonces no han pasado tantas cosas, ¿o sí?. Está ligeramente adaptado a la actualidad.

Es una fresca mañana del 10 de octubre, faltan pocos minutos para las nueve y la cola comienza a formarse en la entrada del INEM. Yo soy el cuarto. Justo al lado en el portal del Banco de Santander, duerme un vagabundo conocido en el barrio por el apodo del El Druida; así es como le gusta que lo llamen los adolescentes del instituto, que de vez en cuando le tiran alguna que otra piedra, pero él siempre responde con un gesto de amistad.

Absorto en mis pensamientos y cálculos pragmáticos, yo, y creo que todos los presentes, tenemos algo en común; no es sólo el hecho de estar parados, hay algo más que compartimos pero que no podemos concretar con exactitud, pero sí intuitivamente.

Una joven es la segunda, un sudamericano el tercero, detrás de mi, quinto y sexto, unos gitanos, que pronto advierten en la atmósfera un velo de tristeza. Sin pensárselo dos veces, – ¡vamos! –, y arrancan por bulerías con sus palmas y la voz rasgada del gitano más joven y feúcho. Un minuto ha sido suficiente para que nuestros rostros adustos dibujen una leve sonrisa y mi pie marque el ritmo de sus canciones. El repertorio es variado: Camarón, Los Chichos, Ketama, José el Frances, etc. La número dos de la cola, la chica, no puede evitar sonrojarse cuando los gitanos deciden alegrarle el rostro con una copla subida de tono. Ahora nuestras caras hablan mas de amores perdidos, de viajes imposibles, de encuentros pasionales, qué del futuro divorcio, de la hipoteca o, del próximo trabajo si algún día llega.

El INEM seguía cerrado, el Banco ya estaba funcionando. Por un instante conseguí olvidar el presente para adentrarme en un bosque de fábula y magia, y miré al vagabundo, El Druida, que envuelto entre cartones seguía durmiendo la resaca que le había proporcionado su particular pócima de la sabiduría, el vino en tetrabick Don Simón. Todas las noches que la policía se lo permite duerme en aquel rincón de la sucursal. Me satisface pensar que es un revolucionario y que es de los pocos que se atreven a protestar por el abuso y extremada usura de los Bancos. Especialmente en una sociedad donde parece que todo el mundo es rico, menos los que estamos reunidos en aquellos escasos cincuenta metros cuadrados. Pero, sobre todo, me alegra conocer que se suele masturbarse de cara al interior de la oficina. Es sin duda un héroe anónimo, pero es mi héroe.

Se abren las puertas de la oficina de empleo y las canciones sucumben ante las prisas. Corre y consigue el número. La maquina automática comienza su letanía: D3 mesa 5; D4 mesa 7; D10 mesa 1... Un fallo electrónico provoca cierto tumulto: un hombre pierda el turno y tiene que volver a empezar. Es una puta metáfora, pues todos los presentes estamos allí porque queremos volver a empezar. El rudo hombre, con su rostro marcado por el viento, se cabrea y comienzan los insultos.

Yo he tenido suerte, es un decir. Me siento delante de la funcionaria (en ese momento no soy una persona), introduce mis datos, mi número de carné, y me imprime la hoja con la fecha de la próxima renovación. No sé porqué, pero me acuerdo de aquella canción de Joan Manuel Serrat cantando a Machado: Españolito que vienes/ al mundo, te guarde Dios/ Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Ya he renovado y espero que por última vez, es un decir. Camino de mi hipotecado hogar, que aún tiene una deuda de incalculables números. Leo en la prensa que el Presidente de la Generalidad Valenciana promete para los próximos cinco años el paro cero. Me rió del 'chiste', se nota que el Molt Honorable no ha pasado por la cola del paro (hoy está muy implicado en el caso Gürtel). Días antes, el Gobierno de Madrid, anunciaba los buenos datos de empleo registrados el mes de septiembre (hoy el presidente del Gobierno, Zapatero, habla de profunda crisis y de la destrucción de mucho empleo). Leo que Google compra por un número indescifrable la web You Tube. Y leo o intento leer cifras, cifras, y todos son más cifras. Números que poseen uno u otro valor según quien los dicte. Números que hay que hacer para conseguir una vivienda. Números para llegar a final de mes. Números… esa es la realidad del españolito que intenta vivir.

Dos horas más tarde me pregunto: ¿dónde han quedado las letras, los versos, las risas y los llantos de los gitanos?


En la mitología celta, dicen que cada vez que se oye un traqueteo de piedras, Ankou está cerca. Tres días después me desperté con el sonido de una ambulancia. El SAMU, después de las diligencias dictadas por el juez de guardia, recogía el cadáver de El Druida; había muerto ahogado en su propio vómito.




viernes, octubre 02, 2009

BUSCANDO LA PAZ


El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie los hombres podrán aplicar leyes injustas, reñir, destrozarse unos a otros y dejarse llevar por horrores terrenos. Pero a diez metros bajo el nivel de las aguas, cesa su reinado, se extingue su influencia y desaparece su poder. Ah, señor; vive, vive en el fondo de las aguas. Ahí sólo existe la independencia. Ahí no reconozco voz de amo alguno. Ahí soy libre.


El capitán Nemo;
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne.


viernes, septiembre 25, 2009

EL MUNDO A CONTRAPICADO


Recuerdo que de niño me gustaba acercar la oreja al suelo, oír el sonido de la tierra y los pasos de mi madre acercándose. Tac, tac, y el latido de la tierra me volvía al vientre materno: ¡por qué a ras del suelo el mundo es diferente!

Aquel cálido agosto de 1976 mis orejas buscaban el frío sobre las baldosas de terrazo del salón. Mientras mi oído derecho, pegado al suelo, escuchaba los lejanos cánticos de tribus perdidas en mundos infinitos, el otro oído, intentaba comprender la radionovela que tanto emocionaba a mi madre.

Hoy, septiembre de 2009, aproximo mi oreja a tu pecho intentando encontrar alguna horda lejana. Te miro y escucho el tac, tac, de tu corazón; pero no comprendo el sentido.

Sin embargo, me sigue relajando acercar el oído a ras de tierra e intentar descifrar su murmullo. Descubrir tus pies desnudos, aproximarme a ellos y lamértelos con la lengua. Incorporarme poco a poco y perderme en la suave caricia de tus muslos. Oler tu sexo y catarlo, como si de un Romanée-Conti reserva se tratara. Incluso cuando tus labios intentan besar los míos, llego a descubrir tu latido… amor mío.

Por eso, cuando te hago el amor y mi sexo esta dentro del tuyo me inmovilizo durante un largo instante, para deleitarme con tu latido interno, el calor de tu sexo, e intentar comprender que encontrar tribus lejanas es muy, pero qué muy, jodido.




miércoles, septiembre 16, 2009

SUPERMERCADO DE SENTIMIENTOS II


Se decía en el supermercado que ella, la Jessica, como la llamaban en la peña, tenía privilegios porque era una puta.


Era mediodía y la luz del sol se colaba por el ventanal de la galería, reflejada gracias a los cristales de la ventana del vecino del cuarto. El pálido sol de otoño tamizaba los dos cuerpos jóvenes que retozaban sobre el lecho.

El dedo gordo penetró sin problemas en aquel coño rasurado. – Éste pide pan. Éste que no hay – dos no eran suficientes, aunque la lubricación había aumentado considerablemente. – Éste que buscaremos. Éste que no encontraremos... –, cuando la mano entera casi estaba dentro de su vagina, ella abrió aún más las piernas, y el dedo meñique, junto con el resto de la mano, penetró por completo en aquel cálido universo infantil, – ... y éste calla chiquitín que te comeremos –.


Pasada media hora, ella se volvió a vestir el uniforme de cajera y se fue sin despedirse de él; a sabiendas que más tarde lo encontraría en el trabajo dándole ordenes.


Jessica no sonreía nunca, pero en fondo se sentía feliz por tener un trabajo en estos tiempos de dura crisis económica. Para ello, era capaz de follarse a quien fuera necesario, si con ello podía mantener el status económico, miserable aunque suficiente. Era tachada de golfa, pero su autoestima no se sentía herida por ello, pues creía firmemente que era producto de la envidia: por su belleza y astucia. Y se repetía constantemente – no soy la primera que se folla a este cabrón –.

Todos los días eran prácticamente una copia: pasar más y más artículos por el código de barras. A veces, alguno se resistía y había que teclear el código a mano; era el peor momento del día. Bueno, ese y quizás cuando un pesado solitario intentaba flirtear con ella.

Aquel mediodía (no se sabe si del bien o del mal) uno de los “jodidos perros solitarios y salidos”, como los llamaba, intentó rozar su mano mientras pasaba por el escaner una botella de lejía. Elegantemente no le hizo ni caso y disimuló perdiendo su mirada en la zona de la pescadería que estaba justo enfrente de su caja. Fue en ese preciso momento cuando Jessica experimentó un sentimiento que nunca antes había vivido. Paula, la chica del pescado, la estaba mirando con su dulce sonrisa y una mirada terriblemente excitante. Jessica se abandonó totalmente. Sonrió y se sonrojó, ocultando su vergüenza en el refugio de la caja registradora.


Más tarde el encargado del supermercado la llamó por la megafonía para que se acercara por su despacho.