“La lluvia del amor empapará cuerpos y corazones, las nubes harán llover néctar, y la luz le sonreirá a la oscuridad”. Con esta frase terminaba aquella película que por doce rupias había hecho felices, por un instante de dos horas y media de largometraje, a un centenar y medio de habitantes de una mediana ciudad del estado de Tamil Nadu. Entre todos aquellos soñadores ciudadanos se encuentra Jaya, una quinceañera muy linda que vive en un suburbio de la ciudad. Casi siempre sus marrones ojos miran a la tierra porque su futuro es incierto, aunque esté “escrito en las estrellas”, según no cesa de repetir su padre a todos los vecinos y familiares cercanos. Lo que ella sí sabe, a ciencia cierta, es que en breve la emparejarán con un hombre de una casta superior y veinte años y medio mayor que ella; sin embargo según la ley, el matrimonio no será oficial, quizás no será tal.
Mientras regresa a su humilde hogar, camina absorta en sus sueños de adolescente, mientras sortea con más o menos éxito la inmundicia de las calles. Se siente desdichada y piensa en la suerte que tienen las estrellas de cine; cómo su admirada Aishwarya Rai. – ojalá la vida me diera una oportunidad –, se repite sin cesar. Su joven rostro no puede ocultar la desesperación de una mujer que tiene su futuro escrito por la gracia de los dioses y de su casi brahmán padre.
Unos metros más y las calles comienzan a ser más transitables, hasta la basura se cuenta con los dedos de una sola mano. Justo en frente del McDonalds (centro neurálgico de turistas y proxenetas), un escocés sonrosado de barba canosa y con tatuajes varios, la sujeta fuertemente del brazo y a golpes la acorrala en el callejón donde depositan la basura del McDonalds. Jaya, desconcertada y aterrorizada, no sé lo podía creer. Un puñetazo y la sangre brotó a borbotones de su nariz. – No te resistas que mis dólares me has costado –; el escocés parecía que había llegado a un acuerdo con alguien y tenía muy claro que tenía derecho a violarla. – Puta india, dime que eres virgen –, Jaya no dejaba de sangrar ni de llorar, pero el miedo le impedía gritar pidiendo auxilio. Él se bajó la bragueta del pantalón, descubriendo un inmenso pene. La ató las manos, le rompió las bragas y ella sometida se abandonó a su suerte. Seguramente porqué estaba escrito en las estrellas.
Un chico de la edad de Jaya, que iba todos los días a comer las sobras del restaurante (en occidente es basura), se encontró de bruces con la dantesca escena. Y cómo en las mejores películas de Bollywood, rescató a la protagonista propinándole al escocés un certero golpe en la cabeza con una botella de CocaCola vacía. De este traumático modo Jaya conoció a Satyajit y perdió su virginidad por obra y desgracia de aquel escocés repugnante.
Aquella tarde los dos jóvenes se refugiaron en la playa. Desde entonces todas las tardes, cuando el sol de los dioses cae sobre el horizonte, cuando los muertos renacen en el Ganges acuosamente envueltos de buenas nuevas, volvían a encontrarse en aquella cercana y, a la vez, lejana playa. Y, claro está, como siempre soñó, su vida comenzó a parecerse a la de sus idolatradas estrellas de Bollywood.
Satyajit daba gracias a la diosa Laksmi por poder contemplar aquella belleza, aunque sabía en el fondo de su corazón que amaba lo imposible. Pero se conformaba con estar cerca de ella por un instante, soñando lo imposible, llorando sonrisas de felicidad.
Cuando el monzón anuncia su llegada inminente, y el olor de las flores se mezcla con el olor de la mierda, las primeras lluvias recuerdan a Jaya que el tiempo y la vida están a punto de fenecer. Ella sabe a ciencia cierta y, porque está escrito en las estrellas, que el acuerdo del padre es incuestionable. Por eso, la tarde anterior a la ceremonia, los dos adolescentes enamorados quedaron por última vez. Pero Satyajit no se resignaba a perderla. Y en aquel rincón del Edén, se desnudó el torso y le propuso hacer el amor. Quería demostrarle su sinceridad, su pasión y su deseo; – hagamos el amor, Jaya. Qué mas dará, ya no eres virgen y en cuanto se entere tu marido no te aceptará y seremos libres –. Entre sollozos y, con la cabeza recostada en su hombro, Jaya le respondió, – sabes que cuando eso ocurra mi familia me matará, aunque les cuente como ocurrió. Incluso es peor, me odiaran y repudiarán más por haber sido violada –.
Ella tenía miedo, no quería cometer un error. Él era un joven muy impetuoso, pero no por ello respetuoso. También era consciente de que la religión y la familia pesan mucho, en la India, y en casi todo el mundo conocido.
Él la retó, quería huir definitivamente. Urdió el plan perfecto y quedó en verse al día siguiente en la estación de tren de Bombay, donde escaparían para no volver nunca jamás. La esperaría como el recién nacido espera el llanto. Ella guardó silencio.
Al amanecer la muchacha se escapó saltando de aquella ventana familiar sin cristales ni puertas, no existían las barreras, se sentía viva. Y corrió, corrió, hacía la estación mientras una lágrima de esperanza se escapaba entre las vías de sus pestañas negras. Y tomó el tren para encontrarse con su amado, para decirle adiós al destino, y un, ¡hasta luego! a su padre. Pero se quedó dormida y la estación quedo atrás y también los sueños.
Siete años más tarde ella consiguió escapar de su existencia de hija modelo. Emigró lejos, pero demasiado cerca.
Un diez de noviembre, mientras trabajaba de camarera en un McDonalds de Escocia, vio a un joven que le era conocido. Su figura se repetía dos veces por la aberración del cristal del escaparate. Sus entrañas se contrajeron hasta dejarla sin respiración. Era aquel muchacho que nunca pudo olvidar.
– Hola Satyajit.
– Jaya, ¿qué haces en Escocia?
– Creo que lo mismo que tú: huir.
Quedaron a la salida del trabajo y en el apartamento de ella cenaron un Mcmenú robado. Y, sin muchos verbos ni nombres de por medio, ella comenzó a desnudarlo. Besó su cuello, sus pezones y amasó su sexo como el panadero la harina. Él se dejó hacer, hasta que ella le pidió que la tratara como a una puta. La inclinó y le bajó las bragas hasta las rodillas. Le introdujo por detrás varios dedos en su vagina y comenzó a acariciar el interior de su sexo. Ella comenzó a gemir de placer, mientras le rogaba que le insultara, que le llamara puta, puta, puta india. La golpeó en las nalgas hasta sonrojarlas. Y cuando él no pudo más, se saco su pene y la folló con toda la fuerza y el amor de un hombre enamorado, de un animal encarcelado que ansia la libertad.
Al finalizar hablaron con sosiego y con la sensación de no haber pasado el tiempo. – ¿Y cómo pudiste engañar a tu marido si no eras virgen?
– ¡Uf! Cuando me penetró fingí que me hacía mucho daño, qué también es verdad que me lo hizo. Había guardado una cuchilla de afeitar debajo de la almohada y disimuladamente me corté en el dedo y manché las sábanas. De esta forma conseguí engañarlo a él y también a mi familia. No veas como me reí cuando al día siguiente todos celebrarón su aprobación y dieron gracias a Shivá.
– Yo, Jaya, cuando el tren partió y en andén no estabas, quise morir allí mismo. Sin embargo decidí huir. Hasta hoy. Por cierto... ¿por qué has pretendido que te violara, que te tratara como a una puta?
– Por qué ahora ya soy libre... por un instante y medio.
El sol del crepúsculo se filtró por la ventana del apartamento vistiendo a los dos enamorados de oro. Y en un segundo y medio a Jaya se le escapó una lágrima entre las vías de sus negras pestañas y mojó aquel Mcpollo que pronto fue embadurnado de ketchup.