Toda emoción verdadera es mentira en la inteligencia, pues no se da en ella; toda emoción verdadera tiene por tanto una expresión falsa. Expresarse es decir lo que no se siente.
Fernando Pessoa

viernes, mayo 21, 2010

RETAZO DE UNA MUJER

Fotografía de Robert Doisneau

Una buena tarde acudí a un bar esquinero de mi barrio donde se reúnen parados y algunos privilegiados obreros que nada quieren saber del Facebook o del Twitter y que al final de la jornada necesitan saciar su sed con una fresca cerveza que les alivie las miserias de la vida.

Ya caía la tarde sobre el bullicioso bar, creando esa atmósfera tan vulgar como única; cuando la fresca brisa marina se hace notar, recordándonos que la mar no esta lejos. Los rayos del sol, cada vez más paralelos a la mirada, atravesaban el ventanal, iluminado las letras pintadas a mano que anuncian patatas bravas a un euro y zarajos de Cuenca..

Parece que es una norma no escrita de la casa que los clientes de la barra y los de la terraza ignoren la presencia de una anciana que siempre a la misma hora moja el cruasán en un café con leche. Pero a mí, desde aquel día, me atrajo profundamente, casi obsesivamente, reconozco.

Ella era, sin duda, una anciana enigmática y algo cándida, que con su sonrisa de felicidad disfrutaba del ambiente como si del último momento de su vida se tratara. Tenía una melena lacia y blanca que no dejaba rastro alguno sobre el color que tuvo en su juventud. Su mirada vivaz se escondía detrás de unas enormes gafas modelo del 76, y en sus pies vestía unos calcetines de perlé y zapatillas de estar por casa de color azul celeste, que no conjuntaban nada con su blusa granate y la rebeca verde lechuga. Era toda ella un todo en sí misma, pues en su aparente humildad denotaba claramente que aquellas eran sus mejores pertenencias.

Sentado frente a ella la observé durante un buen rato, con algo de pudor y vergüenza, por pergeñar al respecto de su vida. Y me sorprendió la belleza de sus ojos llorosos cuando se le nublaba la vista y el lagrimeo no le dejaba ver la televisión del bar. Lágrimas eran de toda una vida, que le obligaban ha quitarse las bifocales y, de esta manera, pude apreciar el profundo azul de su mirada.


El pasado miércoles me atreví a saludarla y se presentó. Supe que llamaba Encarna. Hablamos un buen rato sobre la juventud, la crisis del 36 y de su madre que en paz descanse, y me comentó que vivía sola desde aquel día en el que en una boda cogió la liga que de espaldas lanzó una novia estéril.


Y siempre la misma liturgia: cuando los obreros se marchan Encarna se abotona la rebeca y lentamente también se va, no sin antes saludar a todos los presentes e incluso alguno que ya no está.

La noche triunfa y la melancolía se adueña de las calles que sólo es rota por el profético sonido de la máquina tragaperras y del grupo de chavales que despiertan sin quererlo.

Sin embargo, ayer yo también desperté, pues me tomé una cerveza fresquita pero Encarna no acudió.


Canción. The Road To Home. Amy Macdonald


6 comentarios:

ep dijo...

oh melancolía.

José Vicente dijo...

Como en las películas: on a true history.
Melancolía, soledad, frustración, da como resultado una realidad. La vida de un barrio normal, obrero, con su gente normal y obrera. Una España real, como tantos otros lugares reales muy alejados de las guías de turismo y de los especuladores bursátiles.
Y un despertar al movimiento de las agujas del reloj. Ese tiempo presente enfermo de melancolía.
Un abrazo

Ophelia dijo...

Me ha encantado. No digo mas.
Un bico.

José Vicente dijo...

Gracias Ophe. En parte tú eres la inspiradora de este sencillo relato. Bueno tú y tu relato de la dama misteriosa.
Un besazo

Ophelia dijo...

Pues vale, pero que conste en acta: Yo me visto siempre rigurosamente de negro por fuera, reservando lo multiculor para mi insondable interior; a poder ser, con tejido tan ligero como una exquisita seda ;)

José Vicente dijo...

Sugerente imagen Ophelia, sugerente.
Un beso