
Es viernes noche y aquí estoy, esperando a una amiguita mientras preparo una sencilla cena comprada en diversos establecimientos con multitud de ofertas para tiempos de crisis y desempleo. El plan pasa por deleitarse con una sencilla ensalada elaborada con cuscús, pasas y nueces, anchoas que parecen de Santoña y un poco de queso azul, todo aliñado con un toque ácido de limón y aceite de oliva virgen del Alto Palancia de mis tíos del pueblo. El plato estrella será una esponjosa tortilla de calabacín y unas buena ración de jamón dudosamente ibérico; todo ello regado con un excelente y desconocido vino blanco del Somontano.
He de confesaros que mientras bato estos dos huevos me estoy acordando de un suceso acaecido hace unos ocho meses y que tiene que ver con esta hortaliza de la familia de las cucurbitacéas llamado calabacín. Os cuento...
En aquel entonces, mi vida estaba dando tumbos gracias a esa maldición llamada desamor. Acababa de romper con mi pareja, después de diez años de matrimonio. A la par, la mujer de la que estaba enamorado resultó ser una decepción; un caso típico del bípedo masculino que según algunos estudios antropológicos resulta que nunca deja de ser inmaduro pues teme tanto a la soledad como que pierda su equipo de fútbol favorito. En ese momento comprendí la frase de Oscar Wilde: “Cuando uno está enamorado comienza engañándose a sí mismo y termina engañando a los demás”.
La estrategia del hombre inmaduro, yo, fue la de intentar subir mí autoestima seduciendo a otra dama, en este caso, una guapa y joven compañera de trabajo. Circunstancia que no fue difícil, pues resulta que en la empresa donde trabajaba presentaba una pirámide de población con una edad media entre los treinta y cuarenta y tres años, y con una clara superioridad del sexo femenino sobre el masculino a excepción de los cargos ejecutivos importantes, donde la pirámide era totalmente a la inversa. Incluso me atrevería a decir y, que conste que esto no se lee en la pirámide, que existía cierta tendencia a la promiscuidad a la vista de la cantidad de aventuras sexuales endogámicas que acaecían en aquel cuarto piso de un importante edificio de negocios del centro económico de la ciudad.
Como mi ego necesitaba reafirmarse y, aprovechando las fugaces miradas que nos dábamos, una tarde quedé con ella para ir a tomar unas copas. ¡Infeliz de mí, siempre creí que era yo el seductor!
Elegí una famosa coctelería de la ciudad, ideal para conversar un miércoles tarde cuando no hay clientes. El local estaba conformado por pequeños espacios casi estancos que ofrecían cierta intimidad. No tardamos mucho, con la ayuda del Daiquiri y la Caipirinha, en comenzar el ritual libidinoso. ¡La hoja de ruta se estaba cumpliendo a la perfección y el sábado jugaba el Real Madrid/Barcelona!
Era una mujer simpática y graciosa, alta y delgada, de senos turgentes y esbeltas piernas. Pero sobre todo, eran muy bonitas sus largas manos y esos ojos melancólicos de color marrón. Llegado un preciso momento indeterminado, la cita alcanzó una temperatura altísima, muy hot, very hot; de un primigenio y tímido beso, veinte minutos después, sendas manos navegaban por el proceloso mar de las entrepiernas. El calentón era superlativo y, a pesar de la sugerencia de visitar con urgencia su apartamento, preferí dar por terminada la cita y quedar a cenar otro día. ¡Viejo truco de marido cabrón que sabe como manipular a sus amantes a base de dosificar la tensión sexual! Cuando regresé al hogar sólo la enorme y liberadora masturbación practicada pudo aliviar el enorme dolor de huevos.
Una semana después quedamos a cenar en un restaurante vegetariano. Ella, como profesional de la publicidad y pasarela, cuidaba su alimentación al máximo. La conversación inteligente y, a la vez, burda, no pudo frenar la inercia que desde el primer bocado fue acelerando la masticación con el fin último de comernos la entrepierna. Mientras tanto, los expresamente pies descalzos acariciaban los mutuos muslos por debajo de aquel virginalmente mantel blanco. Dos bocados más tarde de la tarta y ya estábamos en el coche camino de su hogar situado en una cercana población de la ciudad. Durante el trayecto de esta particular porno road movie, las miradas lascivas dieron paso a las caricias más sugerentes. Comenzó sobando mi polla por encima del pantalón y mi pene no tardó en aumentar de tamaño y chocar desagradablemente con la goma del slip y los botones del vaquero. Yo hice lo propio, y mi mano derecha se deslizó desde el cambio de marchas en procesión de semana santa hacía su coño. El liviano tanga de hilo ayudó gratamente a mi dedo corazón que comenzó a hurgar en su sexo húmedo. No sé qué era peor: si sentir su sexo caliente, o el olor que desprendía mi dedo mojado en el néctar de su coño.
El viaje se hizo eterno. Cuando llegamos a la puerta de su domicilio mi miembro estaba siendo fuertemente acariciado y muy próximo al clímax. Una vez dentro de aquel apartamento, nos desnudamos con la velocidad de una estrella fugaz, para caer incandescentemente sobre la cama de muelles. Metí la lengua en aquel maravilloso y depilado coño y lamí su clítoris hasta casi la asfixia. Ella lo comprendió y engulló mi glande, como si la tarta no le hubiera satisfecho. Lamió toda mi erección hasta los testículos, mientras mi dedo corazón acompañado del anular (hasta hace poco desposado) se adentraban eficazmente en busca del famoso punto G de aquella cálida y húmeda vagina. Sin embargo, cuando alcancé colocarme encima para penetrarla con toda la pasión de mi ser y la fuerza primitiva y animal del hombre, ella me dijo que no podía permitírmelo porque era vegetariana.
Bueno, como comprenderéis el desengaño fue tremendo. Menos mal que nos queda Portugal y la bendita masturbación para alcanzar el orgasmo; pero preferí no volver a quedar con ella.
¡Oh! Llaman a la puerta. Si es ella, mi amiga; ¡jeje! Le comentaré que el calabacín es una hortaliza que destaca por sus propiedades emolientes sobre el aparato digestivo debido a su contenido en mucílagos. Por cierto, menos mal que no es vegetariana.
¡Bon appétit!
6 comentarios:
mae miiiiaaaaa, me voy calentita al bar esta noche...me he encantado!!! Y por cierto que adoro los calabacines y los pepinos, bueno me gustan todas las verduras y las frutas...mi preferida es el plátano.
besos carnosos ;-P
Yo seria autentica vegetariana sino fuera porque, como gran cocinera que soy, me gusta preparar excelente y enormes churrascadas para mis amigos.
Sobretodo, para disfrutar el momento de compartirlas.
Por sierto, mi fruta preferida es el melón.
… pero siempre acompañado de algo salao que le ponga la guinda.
¿Pillas?
Con esto no estoy proponiéndote que me invites aunque apreciaría dejarme alimentar por ti.
:)
Pues me ha encantado, qué quieres que te diga, José Vicente. Hasta me he reído cuando describes tan bien ese dolor de huevos.
Yo nunca seré vegetariana, aunque no sé. Bueno, no. No seré vegetariana jamás, jaja.
Un gran beso.
Gracias a todas. Me sorprende tan buena acogida femenina. La historia es lo que es y no pretende ser nada más. Vamos que es bastante real y morbosilla pero nada del otro mundo y sin mensaje profundo ni naaa (ya estoy cansado de superwomans y superpollas folladoras incansables). Espero Maggie que la historia fuera un buen afrodisiaco (me encantaría saberlo soy muy cotilla). Ophelia, si quieres me encantaría compartir contigo aunque sólo fuera un café. Elektra, yo tampoco seré nunca vegetarano y gracias por reirte, es que esa sensación dolorosa en los huevos la conozco muy bien.
Un beso
Es lo que tienen las vegetarianas… pero no te podrás quejar, al menos te limpio bien la hortaliza. ;)
Ya quisiera yo ver una verdulera así,(foto) sirviendo con ese arte zanahorias y berenjenas en el Mercadona que hay cerca de mi casa. Entonces dejaría de ir al mercado a comprarlas.
Saludos.
Rapanuy no dejes nunca de comprar las hortalizas y demás comestibles en el mercado, son de mejor calidad y precio. Respecto a las verduleras del Mercadona, por desgracia, fueron sustituidas por mayoria de verduras envasadas (razón de mas para ir al mercado). Jajajaja!!! muy bueno lo de la limpieza de hortaliza; ¿a quién no le agrada que le limpien bien la hortaliza o la legumbre? No obstante, la historia no es autobiográfica y no responde a nadie en concreto (cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia), ¿creo?
Muchas gracias
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