
Cuando la primavera llega a las tierras de la Matarraña los lugareños tiemblan con sólo pensar que Dios pudiera ignorarlos si consiente que una helada arruine la cosecha, la única posible de estas agrestes tierras de barbecho, almendro y monte. Pero esta primavera muy pocos recogerán la exigua cosecha, pues la ofensiva de Franco ha situado el frente a sólo treinta kilómetros.
Enclavado en mitad del pueblo de la Fresneda, se encuentra un pequeño convento contemplativo de las Hermanas Agustinas, que ha pesar de los malos tiempos sigue en pie y respetado tanto por las bombas de artillería de los fascistas como por la ira atea de las colectividades de la CNT.
En su interior, entre luces y sombras, Lucía una joven novicia, reza en silencio por los caídos y por los que pudieran caer. Lleva toda su vida entre aquellas vetustas paredes desde que fuera abandonada por su madre cuando aún era una recién nacida que no vio la luz porque nació ciega. Pero según ella, nunca fue un obstáculo ser invidente, pues dice estar orgullosa y embriaga por la luz y el amor de Dios.
Son días de sopas de pan y sardina salada y como dijo el poeta: de nanas de la cebolla. Al alba, las Agustinas rezan dos avemarías por el párroco de la iglesia que fue asesinado por un anarquista del pueblo que posteriormente se suicidó ahorcándose en lo alto del campanario de la iglesia. Pero las monjas no temen a la gente del pueblo, ni a los que pudieran venir, hace mucho tiempo que se ganaron su respeto y confianza, pues el convento, a pesar de ser de clausura, nunca estuvo cerrado para quien lo necesitara. Y hoy, más que nunca y, por encima de cualquier ideología, la gente recurre a las hermanas en busca de comida, refugio y, como no, de guía espiritual. Crescencio el boticario no se cansa de repetir a su clientela: – En toda España sólo existe cordura entre esos muros –.
Lucía es una apasionada de Teresa de Ávila, la santa que también fue Agustina. El estudio de la obra de Santa Teresa le acerca a Dios, incluso al hombre, como le gusta afirmar. Y aunque no puede leer aquellos viejos libros, desde hace dos años, Pedro, el joven maestro de escuela, se acerca todas las tardes a leerle antes del retiro a su celda. La relación de Pedro con las monjas es excelente, pero especialmente con Lucía, pues no se puede negar que ha surgido una sincera amistad; qué en boca de algunos es insana.
– Mira que el amor es fuerte,/vida, no me seas molesta;/mira que sólo te resta,/para ganarte, perderte./Venga ya la dulce muerte,/el morir venga ligero,/que muero porque no muero.-
– ¡Qué bien lees Pedro! Me pregunto si las palabras de Santa Teresa sonaran diferentes si tú no me las recitaras.
– Mejor Lucia, mucho mejor en silencio. Además mi voz es muy normal, son estas paredes donde todo suena mucho mejor y donde los versos parecen volar libres.
– Desde luego Pedro, entre muros fueron escritos.
El joven profesor pasó de página, y sin querer, su mano rozó levemente uno de sus pechos.
– Vida, ¿qué puedo yo darle/a mi Dios, que vive en mí,/si no es el perderte a ti/para mejor a Él gozarle?/Quiero muriendo alcanzarle,/pues tanto a mi Amado quiero,/que muero porque no muero.
– Dime Pedro, se sincero, ¿estás enamorado de alguna moza del pueblo?
– ¡No…! Lucía: ¿por qué me preguntas eso?
Mientras el sol cae sobre por el horizonte y los disparos se hacen oír en las montañas, la luz crepuscular se cuela por el ventanuco enrejado del refectorio. Lucía palpa el rostro de Pedro y un escalofrío recorre su cuerpo. – ¡Eres hermoso! A imagen y semejanza de Jesús.
– Menos mal que la alcahueta de sor Tecla no te escucha, porque no es muy correcto lo que me estás diciendo.
– Jesús esta en nuestro interior, Pedro, no hay pecado en lo que te digo.
El maestro de escuela volvió a pasar de página y su mano rozó de nuevo uno de sus pechos, esta vez notó que el pezón estaba turgente.
– Si pudiera verte, ¡quizás mi vida fuera diferente! Sólo hecho a faltar en esta vida poder ver con mis ojos tu rostro.
– Para que quieres ver un país destruido por el odio entre hermanos. ¿Y mi cara, yo...?Lucía: ¡soy muy normal!
– Te confieso que le ruego a Dios todos los días el no parar de oírte.
– Lucía, quiero decirte que…
– No hables…
Y poco a poco el deseo fue consolidándose. De esta manera lo convinieron, y los viernes por la tarde la joven novicia sentía el amor terrenal en su interior. Pedro la acariciaba, la desvestía en la celda y hacían el amor en silencio. Ella, feliz, tocaba la luz con el alma; pero el cuerpo se había convertido en su particular estigma, en un secreto sólo confeso a Dios, nunca al hombre.
Cuando Pedro se marchaba por la tarde, ella purgaba sus pecados en soledad. Arrodillada y desnuda frente al Cristo de su celda se flagelaba la espalda con un cilicio de hierro que le desgarraba la piel, desangrándose hasta empapar sus pies desnudos, entonces lloraba y se envolvía el torso con una tela de gasa que ocultaba a extraños su penitencia y calvario. Y en silencio, siempre en silencio, se maldecía: – Estoy unida a un cuerpo feroz y violento que nunca me deja reposo, y me arrastra lejos de los míos para trabajar para el diablo. Quisiera entregarme a los gusanos, no ser vanidosa, pero no puedo y la muerte sería una cobardía, no así el sufrimiento. Dame Señor una señal, ayúdame a liberarme de estas cadenas. ¡Oh Dios! Haz que mi espíritu sea feliz y arráncame este tu cuerpo –.
A finales de marzo los nacionales estaban en las puertas del pueblo. La gente había huido: bien por motivos políticos, por hambre, pero, sobre todo, por supervivencia. En la Fresneda no quedaba casi nadie, sólo algún miliciano republicano que tenía las horas contadas, los civiles seguidores de los golpistas y los falangistas que comenzaban a entrar en las primeras calles del pueblo. Uno de los pocos que quedaba era Pedro. Se negaba a huir sin Lucía, aunque tenía miedo a ser apresado por ser maestro republicano, pero el amor se lo impedía.
Era su último intento, la convencería y escaparían juntos. Pero cuando estaba a punto de llegar a la puerta del convento un certero disparo reventó su pecho matándolo en el acto. La madre superiora vio que Pedro estaba tendido en el suelo y acudió a socorrerlo, pero otro disparo atravesó la cabeza de la monja que entre convulsiones murió de inmediato. Nadie en su sano juicio se atrevería a socorrerlos. Pero Lucía sí, sólo Lucía, y gracias a su ceguera se atrevió a salir a socorrerlos. Cuando llegó ante el cadáver de él palpó su rostro, se empapó de su sangre y rasgó su hábito. Por un momento pudo ver una luz, pero esta era cegadora. Y en silencio, aunque las balas y los obuses explotaban a su lado, Lucía besó a su amado y le recitó: – viva muriendo primero, que muero porque… –.
A la mañana siguiente en las paredes de aquel convento una decena de habitantes de aquella población, que temían las heladas de primavera, murieron fusilados, entre ellos Lucía.
2 comentarios:
En este momento me pilla mal esta historia después de haber visto este fin de semana Savior. Una, que es aficionada a las películas bélicas aunque después le produzcan pesadillas, no deja de preguntarse si los malos son tan malos y los buenos tan buenos hasta que se da cuenta de que eso es una cualidad inherente del ser humano y sus circunstancias.
Yo, de ser la novicia, me hubiera casado con dios. Pero esa es mi opinión hoy. Mañana quizas salga el sol y me permita ver mejor el panorama.
Besos.
Si algo tiene que unifica a los bandos enfrentados en una guerra, eso es: que no hay buenos ni malos. Más bien son todos unos mal nacidos con ganas de reventar vidas. Pero tampoco en la vida hay buenos y malos, eso es invento mitológico.
El relato, producto de la poco inteligencia de este país, es una gran metáfora en la que no existen los buenos ni los malos, ni Dios, o, en todo caso el amor como símbolo de pureza. En este cuento sólo hay personas y donde el ciego es el sabio.
Por lo demás, y a pesar de ser agnóstico, soy un admirador de la literatura mística, la cual me transmite mucho erotismo y mucho más.
Un beso.
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