Toda emoción verdadera es mentira en la inteligencia, pues no se da en ella; toda emoción verdadera tiene por tanto una expresión falsa. Expresarse es decir lo que no se siente.
Fernando Pessoa

martes, enero 26, 2010

EL DESEO DE AÑO NUEVO (THE END)

Retrato robot de P.J. Custer distribuida por el FBI. Curiosamente también se parece a la de Bin Laden y a un político de izquierdas (G. Llamazares) de un país europeo muy italiano.

La fuerte lluvia que caía en la Interestate 278 era excesiva para el desgastado limpiaparabrisas del viejo Cadillac del 81. Agotado por la lluvia y los giros inesperados que acababa de dar su vida, el investigador de homicidios P.J. Custer decidió hacer una parada en un conocido club nocturno de carretera y, de paso, visitar a su vieja amiga Mariah.

Mientras traspasaba el portal iluminado por un viejo anuncio de neón, llevaba escrito en sus maneras la típica huella de un hombre abatido por el caprichoso destino que ha decidido enrolarse en el pelotón de los perdedores anónimos, y que sabe que el torbellino imparable de mujeres marcadas, de erecciones de semen disparado, de mamadas por 15 dólares, de besos a bocas podridas por el speed, hace imposible detenerse a considerar la manida pregunta de qué es la felicidad. Es cuando el deseo destruye todo razonamiento y disuelve el dolor efervescente del desengaño; pues todo es posible con tal de alimentarse del frágil árbol del hedonismo etílico, de cuya adictiva savia no puede, ni quiere, dejar de chupar.

Así se sentía desde hacía poco tiempo el investigador de homicidios P.J. Custer, un hombre rudo y capaz de guardar el más terrible de los secretos, ¡pero un hombre!


Detrás de la barra se encontraba la madama encargada y vieja amiga de Custer.

– ¿Qué te trae por aquí cachondo inspector?

– Veo que sigues igual de guapa y que tu culo no ha perdido la firmeza con los años.

– Sí, cariño, mi culo tiene tantos secretos que contar que cada pedo que me tiro rejuvenezco un año.

– Pues debes de tirarte muchos al día porque estás igual que la última vez que te vi, hace de esto, si no recuerdo mal... dos años.

Ambos irrumpieron en una carcajada que llamó la atención de todos los clientes que estaban babeando al contemplar la joven bailarina rusa deslizar su coño, suave y sin gracia, por la fría barra de strip-tease.


– Supongo que un Bourbon te reconfortará.

– Supongo que me hará olvidar.

– Supones pero no afirmas. ¿No me digas que te has enamorado?

– Es posible. Y está jodidamente muerta – Miró al suelo o al infierno y apuró el bourbon de un trago.

– Jamas te había visto tan decaído. ¿Quieres que te la chupe una joven chinita que John trajo el otro día?

– Gracias por tu sensibilidad aristocrática, pero no he venido a follarme a tus putas, tan sólo quiero olvidar un rato.

– Bebiendo de esta manera y, solo, no creo que lo consigas. – Mariah le lleno el vaso y se puso otro para ella. Custer le enseñó la foto de la víctima, de Natalie Curtis, su amante.

– Mira... pues cuando la vi por última vez tenía la cabeza colgando y flotaba en una piscina de sangre. Todo apunta que fue su marido el asesino, qué está bella durmiente en el hospital. Pero cuando despierte dirá la verdad y me veré nadando en la mierda. No sé quien ha sido la bestia, pero algo dentro de mí, que no comprendo, lucha por vencer a la palabra de Dios. Sí... juro que es algo diabólico.

Mariah preguntó:

– ¿Quién crees que lo hizo?

– No lo sé, pero mucho me huelo que el bella durmiente y su trabajo en la Fiscalía puede ser la clave de la masacre.

De repente se escuchó un disparo proveniente del fondo del club. Mariah cayó fulminada. Custer pudo refugiarse detrás de la barra, sacó su revolver y respondió al tirador. En un segundo, clientes, putas y pobres esclavas, se encontraron en un destructor fuego cruzado. Algunos cayeron abatidos por las balas, otros consiguieron escapar por la puerta de la calle y algún espabilado ajustó cuentas.

Los disparos del asesino cesaron y una sombra se perdió por la puerta de salida. El policía pudo asistir a su vieja amiga que agonizaba entre un charco de sangre que manaba a borbotones de su pecho.

– ¡Vieja puta! No me irás ha dejar solo.

Con la voz entrecortada intentaba respirar, – A cada uno le toca su hora. A mi viejo tío de Oklahoma el médico le recomendó que jugara al tenis y en pleno set cayó muerto de un ataque al corazón. Al menos yo lo haré sin prescripción médica y con un amargo sabor a bourbon.

Custer presionó con fuerza la herida para que no se desangrara, pero sabía que sus minutos estaban contados.

– ¡Mi guapo policía! Ten mucho cuidado yo también conocí a tu amor. Solía venir a ciertas reuniones secretas que se celebraban en el privado del almacén. Era gente muy importante y, dicen las malas lenguas, que pertenecen a una sociedad secreta. ¡La verdad chaval... es que tienes muy buen gusto! ¡Era preciosa, y muy apreciada por esos jefazos! Habla con el dueño de está mierda, habla con John, él los conoce.

Mariah dejó de respirar con los ojos muy abiertos. Había sido víctima de una bala que llevaba escrito el nombre de P.J. Custer y esto complicaba más la investigación y, sin duda, encolerizaba aún más al policía de homicidios y secreto prófugo.

Le cerró los ojos y se fue sin mirar hacía atrás, antes de que la policía se presentara y lo descubrieran. Corrió hasta su coche y apretó el acelerador a fondo. Entró en la ciudad y mientras conducía por las lluviosas calles de Nueva York pensó en el destino e intentó dar alguna respuesta a un misterio que sólo él y el asesino eran conscientes de que existía. O eso él creía.

Mientras en el club, el omnipresente FBI irrumpió con toda su parafernalia y comenzaron sus pesquisas. El caso había dado un giro de trescientos sesenta grados; era obvio que la Oficina Federal conocía detalles que Custer desconocía, especialmente el principal, que él estaba en el punto de mira de los federales.


El investigador llegó a un loft situado en el Meat Packing District, hogar del proxeneta y dueño del club donde acababa de morir su vieja amiga Mariah. Llamó varias veces a la puerta, pero un silencio sepulcral le hizo sospechar que algo extraño había sucedido. Abrió la puerta con una ganzúa y la instantánea que se encontró le recordó la masacre de Año Nuevo: dos mujeres brutalmente asesinadas yacían al lado de cuerpo de John, que vestido con bragas de encaje, medias y liguero y, con los dichosos zapatos de Manolo Blahnik, había sido decapitado. Las dos mujeres no presentaban mejor pinta: a una de ellas le habían cortado los dedos de la mano derecha y la otra había sido ensartada desde el recto por un cuchillo jamonero.

Horrorizado, el investigador constató que el arma había sido el cuchillo jamonero; una peculiar marca del asesino en serie que estaba regando la ciudad de sangre. No lo dudó y decidió robar una prueba vital, el arma del homicidio.

Phill, un viejo amigo de Custer, científico forense de la policía de Nueva York, fue la persona que eligió para confesarle su no delito y, de paso, hallar cualquier huella o ADN en el arma.

Pero, aunque Custer creyera que Phill guardaría su secreto, nada más lejos de la realidad. Lo que él descubrió al analizar el cuchillo no podía quedar en un favor y mucho menos en una confidencia, e inmediatamente dio cuenta de ello al FBI que, definitivamente, contaba con todas las pruebas necesarias para atrapar al asesino en serie que estaba atemorizando el país. Y todos los agentes se pusieron a trabajar sin descanso, pues este era un momento ideal, y un oportuno éxito de la Agencia estatal, limpiaría la mala imagen que estaba sufriendo en uno de los peores momentos de credibilidad de su historia.


El investigador de homicidios P.J. Curster estaba solo. Era como un insignificante copo de nieve que se empapa de las vísceras vomitadas de un borracho contaminado por la indiferencia de las miradas de todos aquellos que se engañan creyendo ser normales.

El sagaz policía se hallaba en una calle estrecha y oscura, donde sólo el silencio era roto por el llanto de un niño y el bombardeo de las gotas de lluvia contra el pavimento. Se sentía cobarde y miserable, incluso algo débil. Si Phill no le proporcionaba la información que estaba esperando no podría seguir con la investigación, pues todas las pistas se perdían en multitud de callejuelas sin salida.

Amagado bajo aquella pared de lluvia, Custer llamó por el móvil a Phill, esperando que este diera alguna señal de vida o que pudiera comprobar con sus ojos lo que se temía: ¿lo habría vendido al FBI?

No respondió y decidió subir al apartamento, la puerta estaba abierta. La única estancia que estaba iluminada era una habitación que se encontraba al lado del salón y que daba a la calle. Se aproximó como un gato en la noche, sacó su Smith & Wesson y se acercó sigilosamente, arqueó la espalda, se concentró, levantó el revolver hasta colocarlo a la altura de su mirada e irrumpió velozmente dentro de la habitación. Phill estaba muerto, brutalmente asesinado con un cuchillo jamonero introducido por el culo y con la cabeza parcialmente decapitada. Al fondo de la habitación, una mujer negra, elegante y prostituta, también yacía brutalmente acuchillada. El patrón de los anteriores asesinatos se volvía a repetir, aunque esta vez había una víctima menos y, sorprendentemente, alrededor del cadáver de Phill se amontonaban multitud de números de la revista National Geographic.

Custer apoyó su cabeza sobre el vientre de Phill y se puso a lamerle el pecho. ¡El gato sagaz y solitario no tenía salida!

– En esta noche invoco a nuestra madre para que haga un llamamiento a todas las criaturas enemigas de la luz, de la luz de la luna. Qué mi voz se escuche en las profundidades de todas las cabezas pecadoras e impías y acudan a mí los espíritus de Moisés y Santiago el Apóstol desde la tierra durmiente del pueblo de Dios. Despertad del ocaso que os anuncia el Apocalipsis y el nuevo orden eterno. Saltad de vuestros lóbregos agujeros al conjuro de los hombres. Yo os invoco en el nombre de Dios, en el nombre de España que combatió al pecador y fue ejemplo de pureza. En el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo... – Y el investigador de homicidios P.J. Custer retiró el cuchillo jamonero del ano de Phill y comenzó a cortar finas lonchas de su cuerpo. Conforme iba avanzando en el corte fue retirando la piel y la grasa exterior, siempre con cortes paralelos y perfectamente proyectados, eso sí, en dirección opuesta a sus pezuñas o pies, dejando siempre una buena superficie plana y sin estrías.


Tres días más tarde, Custer fue detenido por el FBI en una popular tienda de gastronomía española situada en el Soho y famosa por sus cursos de corte y degustación de jamón ibérico.

El asesino en serie había sido apresado, por fin la sociedad respiraba tranquila. La repercusión fue tal, que la prensa no vendía tantos ejemplares desde los atentados del 11-S. Cada departamento de policía y, evidentemente, el director del FBI, Robert Swan Mueller III, se pusieron su particular medalla. Custer era, según el FBI, un psicópata peligroso y difícil de atrapar por ser conocedor de las técnicas que usa la policía. Sobre el rumor de que una sociedad secreta estaba detrás de los asesinatos, se confirmó que el patrón que en realidad el asesino siguió fue el de matar a todos aquellos conocidos que estaban suscritos a la revista National Geographic, antigua Sociedad Geográfica. Respecto al retrato robot que el FBI distribuyó por todo el país, dijo el director Swan Mueller, qué fue fundamental a la hora de seguir la pista del asesino, y agradeció la enorme colaboración ciudadana.


P.J. Custer fue juzgado y condenado a cadena perpetúa, aunque se abrió un agrio debate político y social para que en el Estado de Nueva York volviera a imponer como condena suprema la pena de muerte.


Tres meses más tarde, la primera y única víctima viva del asesino en serie más peligroso de la década, David Curtis, despertó de su estado de coma y confesó que él había sido el asesino de su amante, Eve Richmond, y su esposa, Natalie Curtis.


5 comentarios:

Ophelia dijo...

Jose, tienes que decirme que clase de hierba fumas para adquirir yo una poca…
La verdad es que me gustan las historias con sangre, pero leñes, esto tuyo es una pura sangría. A poco más no queda ni don Mendo para contarla.
Desde luego tienes una imaginación mas ferviente que la mia, que ya es decir. No conocía a nadie capaz de liarla más que yo, pero me has superado.
Hala, a seguir dando caña, pero porfa, la próxima a ser posible más tranquila, que con ésta me has dejado planchá pa una buena temporada :D
Bicos

José Vicente dijo...

La verdad es que no fumo ninguna yerba especialmente alucinógena; ya lo hice en mi juventud y creo que ciertas neuronas quedaron graciosamente dañadas. Ahora que soy, todavía, más joven, me suelen patinar alguna que otra hija de puta de neurona; por eso le cambié sin darme cuenta al nombre del policía rudo y débil (no era Curtis era Custer). Subsanado el error la historia tiene el mismo interés y se lee igual. Es decir, que la empanada mental es tal, que intenta reflejar la locura real de Custer, del FBI y de todos los cabrones que habitan en estas letras.
En definitiva es una historia nacida de los cientos de pelis que he visto de cine negro y de la puta realidad que nos rodea.
Así sea!!!
Muchas gracias rebonica.

Elektra dijo...

Joder, menudo final. Ahora ocurre una cosa... y es que queremos más historias de estas por fascículos. Y pronto ;)

Besos agradecidos.

urbanoyhumano dijo...

Siga todo recto y no gire sobre ninguna dirección. Esto quiere decir que me gusta la capacidad de escribir textos largos, capacidad que mi vagancia impide. Un saludo.

José Vicente dijo...

Gracias Elektra pero lo de los fascículos es jodido si no tienes bastante tiempo para escribir.
Urbanoy...La vagancia es una virtud muy apreciada por escritores y militares. Unos nos alegran la vida y otras no la joden. Por tanto, te animo a escribir relatos largos o cortos, pero escribe.
Gracias y un saludo.