viernes, julio 03, 2009

ASCENSO A LAS NIEVES


¿Qué mejor afrodisíaco que la naturaleza salvaje? No puedo reprimir un estallido de las hormonas cuando la arena embadurna mi sexo y las olas rompen en mis nalgas; cuando la corriente gélida del riachuelo hiela mis pies a la vez que la canícula del verano quema mi espalda; o cuando en lo alto de una cumbre mi compañera de aventura, con la respiración agitada y la piel sudorosa, me mira directamente a la boca. Sin querer evitarlo los andrógenos controlan mi ser en un iniciático retorno a la naturaleza.

Quizá esta reacción se deba a las numerosas experiencias, o más bien, a las primeras experiencias sexuales que tuve en mi adolescencia. Estás siempre se daban en entornos salvajes y naturales, y generalmente en verano. Siempre he creído que una buena dosis de oxigeno de alta montaña actúa sobre mi físico como si de un potente afrodisíaco se tratara. De hecho, algunos polvos en camas estupendas, sofá de diseño, habitaciones de hotel y pensión, han pasado a mi memoria sin más pena ni gloria. Sin embargo, la mayoría de los polvos consumados en los lugares más variopintos y salvajes de la naturaleza, forman parte fundamental de mis mejores recuerdos.


Esta historia pasó hace algún tiempo, concretamente en un viaje a Ordesa; precioso Parque Nacional situado en el Pirineo oscense. Aquel cuatro de julio señalaba caluroso, aunque a primera hora del día, el fresco estival de las altas cumbres engaña al novato excursionista. Madrugamos mucho con tal de poder cumplir con el duro trayecto de ascenso hasta la cara oeste del Monte Perdido. Mi compañera era una muchacha urbanita con instintos salvajes y algún que otro tatuaje y piercing (no es Lisbeth Salander aunque se le parece). Hacía tan sólo dos meses que nos habíamos conocido, fruto de la ruptura de mi matrimonio decimonónico. Era una mujer muy activa en todos los parámetros personales y especialmente salvaje en la cama como pude sufrir con agrado la noche anterior. Es decir, que comenzaba la caminata (ahora lo llaman trekking) cansado pero lleno de esperanza, orgullo y satisfacción: mostrando una sonrisa de oreja a oreja y con ojitos de borrego degollado.

Desayunamos fuerte, demasiado fuerte: café con leche, fruta, bacón, huevos fritos, pastelería diversa y zumos. Ultimamos las mochilas con víveres, agua, teléfono móvil y la VISA (no entiendo lo de la tarjeta de crédito pero así fue); atamos con precisión nuestras botas de montaña y comenzamos nuestra excursión. Aunque al comienzo el ligero viento refrescaba nuestro rostro, conforme el sol iba tomando altura, el sudor comenzó a empapar nuestro cuerpo, especialmente el sexo. La mezcla de olor a pino, carrasca, manzanilla y espliego, junto con la alta concentración de oxigeno, formó todo un vasto natural que se adhirió a los poros de mi piel. Supe en ese preciso momento, cuando el vello se eriza, el aliento se acelera y los sentidos se abrazan en un todo sexual, que sólo es posible un fin: el sexo.

A las dos horas de caminata tuvimos que escalar una pequeña pared rocosa. Era muy difícil superarla con soltura, pues el dolor de mi pene erecto impedía la ascensión con facilidad. Era imposible concentrarse en otra cosa que no fuera aquel culo grácil que se movía tan decidido en ese pantalón corto de aventura, y que dejaba ver dos magníficas nalgas y, entrever un sexo húmedo abrazando mi boca.

Cuando estuvimos cerca del final de aquella pared ella resbaló. Por suerte estuve rápido de reflejos y con mi mano derecha pude impulsar con energía esas fantásticas nalgas e impedir un fatal accidente.


Decía una escritora que debe de haber, en general, un lazo intrínseco entre la idea de desplazarse en el espacio, de viajar, y la idea de follar. Y eso es lo que me estaba ocurriendo; tan sólo la imagen de sus piernas abiertas en la plenitud de la montaña y mi pene a punto de penetrarla, junto con el sonido acompasado de los estorninos y el águila culebrera, me confortaba.


Superado más de la mitad del recorrido, hicimos una parada en un riachuelo que fluía sereno y fresco. Comimos unas barritas energéticas y aliviamos nuestros pies en la fresca agua. El sudado top que vestía perfilaba con gratitud sus jóvenes curvas y dejaba ver el tatuaje tribal que nacía de su coxis. Esbozo un “ay” por el dolor que le infligía la goma del pantalón. No lo dude, y mis dedos convertidos en seda acariciaron la marca en su piel. Cómo un ciego que lee braille, intenté ir más lejos y averiguar sus pensamientos mas íntimos. Giré el cuerpo para mojar mi mano en el riachuelo y cuando volví a mi posición su culo estaba en un primer plano, recortado por un cielo azul intenso. Escondí la mano y decidí pasar mi lengua por la herida, y su columna se estremeció junto con un ligero movimiento púbico que me ofreció alguna respuesta.


¡Por fin! Una vez en lo alto del Monte Perdido, rodeados de glaciares, observamos el infinito, sólo roto por el sonido del viento. Sin más preliminares, ya habíamos tenido bastante con seis horas de subida, la cogí de las manos y mis labios sellaron su dificultosa respiración. La boca seca pronto se colmó de saliva que humedeció mi boca y el mentón. Su mano derecha agarró fuertemente mis glúteos, mientras que la izquierda palpó mi pene. Con delicadeza le desabroché el pantalón, mientras se desprendía del top y el sujetador. Acaricié su pubis depilado y noté su coño humedecido y sudado. Abrió su sexo, disfrutando de mi tacto cada instante, cada ráfaga de viento, que amplificaba aún más la inmensa sensación (los labios mayores parecen más grandes envueltos por el viento que los roza). Mi pene quedó a merced de los elementos, hasta que su caliente boca hizo que mi columna se estremeciera de deleite. ¡Me encanta esa sensación primitiva de contemplar tan maravilloso paisaje y sentir como me fusiono con él! Ella se sentó encima, se introdujo el pene hasta el fondo y su clítoris rozó desesperadamente con mi pubis, mientras que su culo sacudía con violencia controlada mis testículos. Cerré los párpados y volé, volé por encima de aquellas cumbres, por las profundidades del océano y jugué a ser dios.


Dos semanas después de aquella excursión ella me dejó por un motorista. Dos años después, me encontré con ella en una cafetería del centro. Se había casado con el motorista. De su relación había nacido una niña que acababa de cumplir los dos años; cuando le pregunté por el nombre de la criatura me dijo que se llamaba, Nieves. Ambos no pudimos reprimir una sonrisa de complicidad.



5 comentarios:

Luna Chascona dijo...

hey... esta historia la recuerdo.
Disfruté mucho leyendola, tal cual me sucedió ahora.

Estoy de acuerdo, tener sexo en lugares dificiles, es lo mejor.


saludos

José Vicente dijo...

Si es una vieja historia basada en hechos reales. Pero no es exactamente igual, le he modificado bastante y creo que ha quedado un poco mejor.
jejeje!!! Es curioso. Te acuerdas de mis historias más eróticamente festivas.
Un besazo

Eau dijo...

Yo esta no la había leído antes de que hicieras tu apoteósica despedida. Que mal empezamos ¿verdad?. Y luego en el reader no sale o me la debí pasar por alto.
Las historias eroticafestivas son fácilmente olvidables si no llevan algo más consigo que atrape al lector. No es como en las pelis porno, que vista una, vistas todas (independientemente de que atrapen a los consumistas afines al género). En la escritura creo se debe ser tan descriptivo que haga sentir al que lee que lo esta viviendo, de lo contrario no seria mas que otro escrito porno, fácilmente olvidable, que el único fin que persigue es que el que lee se ponga a pajearse. Que dicho sea de paso, tampoco sería un mal fin, jajajaja.
No dejes de escribir. Sabes hacerlo, no como yo, que nunca tengo claro si lo que escribo realmente se entiende.
Claro que tampoco es que me importe mucho ;)

Southmac dijo...

Es una historia bastante bonita. Nada como follar en lugares inaccesibles, cuerpos ya recalentados por el esfuerzo en llegar. Paisajes armonizando, siempre armonizando...

José Vicente dijo...

Eau. Yo creo que escribes mucho mejor que yo. También me alegra de que la historia haya sido un bonito estimulante. Creo que es porqué hemos vivido situaciones parecidas.
Southmac. Sabía que compartíamos este deporte extremo: es decir, el de follar en lugares complicados y al límite de las fuerzas. particularmente lo encuentro de lo más ecologista, primario y natural. Siempre lo he recomendado: es bueno para la tensión arterial, el colesterol, etc.
Un saludo.