
Es una tarde húmeda y fría de enero. Por las calles del moderno Tokio, más concretamente por el barrio de Shibuya, pasea la Wa lolita, Kato Auki. Termina de salir de su falsa okiya vestida con un Kimono de seda negro. Con sus okobo se impulsa delicadamente con pequeños y graciosos saltitos. Se dirige a vender sus bragas usadas en un bloomer shop. Las lleva siete días puestas y los flujos vaginales ya se han consolidado con la suficiente fuerza, lo que le asegura una buena venta.
Es bella y lo sabe, se excita cuando un hombre la mira. No puede reprimir pensar que quieren poseerla de inmediato. Su conciencia mantiene una lucha interior, reconoce que es un fetiche turístico, un objeto sexual. Pero lo que más le duele, son sus pies mutilados.
A la misma hora por la quinta avenida de New York, pasea una mujer muy remilgada de clase alta. Viste un abrigo blanco de piel de foca y unos zapatos de tacón de aguja, mueve su cabeza torpemente porque le cuesta mantener el equilibrio. Su nombre es Daryl Young y regresa una vez más de la consulta de su amado cirujano plástico. No oculta que vive obsesionada por mantener la innata belleza de la juventud e intentar impedir, a toda costa, que el tiempo le arrebate su única arma. Hace poco que se mutiló los meñiques de los pies para poder llevar esos afiladísimos zapatos de punta de Manolo Blahnik (los manolos). Guarda sus dedos en un frasco de cristal de bohemia y formol. Muchas noches de soledad, suele masturbarse contemplándolos, mientras suena en el televisor el talk show de Jay Leno.
A la misma hora en España, más concretamente en la Nacional 234 a la altura de Barracas, Irina Petrova, de nacionalidad ucraniana, ha tenido un buen día. En el Jamaica dos camioneros y un guardia civil han sido sus clientes y su pesadilla. El día frío propiciaba una buena venta de amor, pasión y alcohol. Está un poco cansada y su vagina está gélida y rígida. Pero aún tiene que atender a un último. Como es un poco paleto, termina la faena de la forma más rápida que conoce: con un oral y los pies. El nativo le hace tragar el semen y ella decide devolvérselo escupiéndole sobre el meñique de su pie.
A la misma hora, una niña en Angola, corretea por la provincia de Banga Ué. Su nombre es Nzinga Nefanda. Regresa de un encuentro con su amor, un chico de su misma tribu. Viste una blusa sencilla de color azul celeste que le regaló una ONG. El día es caluroso y tiene la boca seca. Un clic suena debajo de sus pies desnudos. La mina antipersona hace el resto.
Es enero y el día ya acorta.
5 comentarios:
Guau... un relato que me ensombrece por ser mujeres.
Cada una con su infierno a cuestas.
Un abrazo
Impresionante y real como la vida misma.
Me gusta como escribes y me alegro de verdad...
Una aperta y un beso
Gracias a las dos. La verdad que está basado en hechos reales: sólo hay que leer los periódicos, especialmente las noticias ocultas en ellos.
Me gustó tu publicación, me recuerda la fragilidad de la vida y que a veces el ser humano puede llegar a ser tan absurdo ... millones de vidas, millones de historias; nadie es importante y al mismo tiempo todos lo somos.
Saludos
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